Por Soledad Colombres para LA GACETA

“Si para vivir del arte necesitás del Estado,

 no sos artista, sos empleado público”.

Javier Milei

Sobre un fondo monocromático y minimalista compuesto de coro, bailarines y cantantes, Dido -reina de Cartago- se lamenta en agonía: Belinda, la oscuridad me da sombra, / En tu seno déjame descansar, / Más quisiera, pero la Muerte me invade; / La muerte es ahora un invitado bienvenido. Eneas, su amado, la ha abandonado para cumplir el fatum dispuesto por los dioses para él: ni más ni menos que fundar Roma, episodio con el que comienza el poema épico “La Eneida”.

Felizmente, la desesperación que encierra su sino trágico contrasta con la potencialidad de la que da cuenta otra epopeya, esta vez de carácter artístico: el montaje independiente de la ópera “Dido y Eneas”, de Henry Purcell, llevada a escena por el maestro Roberto Buffo y por el régisseur Jorge de Lassaletta en el teatro Alberdi en octubre del año pasado. “Este tipo de espectáculos es posible para este tipo de óperas barrocas, pero se dificultaría mucho para otro tipo de producciones de mayor envergadura”, comenta entusiasta Buffo, quien con su habitual ímpetu creativo ya planea nuevas producciones.

Anécdota aparte, la pregunta que surge de rigor en tiempos de vacas flacas es si vamos hacia un nuevo modelo a la hora de financiar la cultura, más lejos del Estado presente y más cerca de la gesta individual, los mecenazgos y otras formas creativas de financiamiento.

Para responder a este interrogante habría antes que retroceder unos casilleros y preguntarnos por otros asuntos medulares que lo preceden: ¿cuál debería ser el rol del Estado en la cultura, y cuál el del individuo? Y, más aún, ¿qué es el Estado? ¿Qué es la cultura? Y una vez que hayamos respondido estas preguntas esenciales deberemos también reflexionar sobre otras formas de funcionamiento de políticas culturales a partir de modelos foráneos, sobre la posibilidad de nuevos paradigmas, el rol del crowdfunding, la importancia de las exenciones fiscales y, por supuesto, sobre el futuro.

La moneda está en el aire. Para los que apuestan por la libertad, el orden espontáneo del mercado decidirá qué espectáculos sobreviven y cuáles no. Para los que se inclinan por el lado de la equidad, el Estado debería ser un árbitro ecuánime de los bienes intangibles de nuestra cultura.

Esperemos que, lejos de toda servidumbre dogmática, impere el sentido común.

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